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En Pantalla: Fotograf-IA & Blow Up

  • Foto del escritor: Pablo T. Moreno
    Pablo T. Moreno
  • hace 4 días
  • 2 Min. de lectura

En 1945, el teórico y académico francés, André Bazin, escribió sobre la imagen fotográfica como prueba irrefutable del objeto representado. De la misma manera que para que haya una huella de elefante en el fango tuvo que haber un elefante que caminó sobre el pantano, Bazin insiste en que para que se imprima un objeto en la fotografía, ese mismo debió de estar presente frente a la cámara. “La fotografía se beneficia de una transferencia de la realidad de la cosa sobre su reproducción”.  

               Con su película Blow Up (Michelangelo Antonioni, 1966), Antonioni nos cuenta la historia de un joven fotógrafo londinense a mediados de los sesenta, que ha encontrado éxito artístico y comercial entre la fotografía de moda y sus proyectos personales.


Hasta que, en un abrir y cerrar de su lente, se ve inadvertidamente envuelto en un asesinato.

En una caminata por el parque, nuestro protagonista retrata a un hombre y una mujer que se besan a escondidas. Creyendo haber captado un amorío infiel con su cámara, los sigue hasta ser descubierto y correteado por ella.  


Al revelar las fotos que tomó esa tarde, nota un detalle entre el follaje junto a sus dos sujetos. Al ampliar la imagen, se percata de que entre los arbustos se encuentra un tercero sosteniendo un arma, y en una de las fotografías siguientes, que tomó mientras se alejaba apresurado, nota lo que parece un hombre en el suelo: un cadáver.


Al final de la película, el protagonista vuelve a su estudio y se encuentra con que alguien se llevó los rollos y las impresiones en que se apreciaba su testimonio.


Desahuciado, sale al parque, donde un mimo le lanza una pelota invisible. Transformado por la experiencia, él le lanza la pelota de vuelta, entendiendo que, aunque no pueda ver algo eso no quiere decir que no eso esté ahí.


Bazin y Antonioni perciben la fotografía como prueba de lo sucedido incluso si no lo vimos. 


               Sin embargo, hoy cambiaron las reglas del juego. Al igual que la fotografía revolucionó la técnica de la reproducción de la realidad frente a su predecesor: la pintura; en la era digital la creación generativa de imágenes a partir de herramientas de Inteligencia Artificial está dando un giro a nuestra relación con la fotografía como evidencia.

La “huella del elefante” se desdibuja. Ya no podemos asumir que detrás de cada fotografía hubo necesariamente un cuerpo, un lugar, un instante real.


La cámara, que para Antonioni aún era testigo involuntario e incorruptible de lo ocurrido, es desplazada por algoritmos capaces de fabricar lo que nunca existió.


En este nuevo escenario, la pregunta ya no es solo qué vemos, sino qué decidimos creer. Frente a la proliferación de imágenes sin origen, nuestra relación con la fotografía como prueba se transforma en un ejercicio crítico: aprender a dudar, contextualizar y verificar se vuelve tan importante como mirar.

 
 
 

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